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Regresando a Filántropo

Recientemente decidí regresar a la ciudad en donde me crie tras escuchar sobre la reapertura de la Estación de tren del Filántropo. Aun recuerdo como comenzó todo: el aumento imperceptible de la acidez, las precipitaciones, como el viento que alguna vez fue nuestro aliado se volviese un cómplice de tierras contaminadas mientras los mares empezaban a cambiar de color. Todo eso mientras las actividad portuaria seguían creciendo y las chimeneas que no dejaban de exhalar.

Al llegar, fui recibido por graves silbidos que me advertían de los niveles peligrosos de acidez en la atmósfera. El viento sur, que alguna vez despejo las tardes de verano en las que salía a jugar, hoy arrastran consigo una niebla amarillenta que se adhiere a la piel como si buscaran quedarse.

Las que algunas vez fueron enormes y amplias playas, refugio de turistas y pescadores, se ha convertido en simples franjas de arena descoloridas con aguas espumosas que emanan un olor ciertamente metálico. El viejo vivero dunícola de la familia Díaz Vélez solo sobrevive como un débil recuerdo, una mancha verde del pasado. En las copas de los pinos muertos en los que se demuestran cicatrices donde el ácido se dejo corroer; apenas quedan muy escasos arbustos de bajo porte y senderos crujientes por bajo cada paso en hojas quebradizas que nunca llegaron a madurar.

Desde el puente colgante, que conectaban las ciudades de Filántropo y Altas Barrancas, se despliega una vista hacia el puerto: Grúas oxidadas y buques fantasmales que se corroen lentamente bajo el embate de las acidas olas y lluvias, perdiéndose bajo el mar como si lo limara con cada contacto.

El barrio portuario luce como un escenario detenido en el tiempo, como una imagen congelada en mitad de una tormenta eterna. Las casas de chapa están en ruinas, cubiertas por capas de pintura descascaradas que ningún mantenimiento lograría retener. Las calles, antes atestadas por grandes camiones de grano, hoy permanecen casi desérticas. Los silos, gigantes de concreto, lucen como ruinas industriales que resisten a duras penas la erosión invisible de décadas de aquel veneno que cae del cielo.

Ahora, la supervivencia es una rutina aprendida por los pobladores: revisar filtros, sellar ventanas, coordinar turnos para buscar agua segura en los depósitos comunitarios. En el puerto, un grupo de vecinos han improvisado un invernadero sellado, donde cultivan verduras bajo lámparas solares alimentadas por baterías recicladas. Un débil acto de resistencia que recuerda que aún estamos dispuestos a reconstruir lo que alguna vez nuestra ciudad fue, aunque el cielo diga lo contrario, dejando caer gotas de veneno líquido como consecuencias de nuestras acciones.

Cada tanto, cuando el viento amaina, me acerco a la escollera y observo el horizonte: el mar, aun imponente y cambiante, sigue allí, aunque su espuma arda en las heridas de quienes lo tocan. Me pregunto si, en alguna parte del mundo, otras ciudades costeras estarán leyendo la advertencia que nosotros ignoramos. Porque aquí, en esta esquina abandonada del Atlántico, aprendimos que las consecuencias den nuestras acciones, como la lluvia, no siempre limpian, y que el precio de la indiferencia se pagara gota por gota.

Contaminación hídrica

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